miércoles, 5 de diciembre de 2012

¿Es Chile un país discriminador?

A lo largo de la historia, diferentes autores han tratado el tema de discriminación y exclusión social, una de ellos es Nancy Fraser (2000) quien postula que estos problemas serían provocados por una desigualdad institucionalizada en la sociedad. Desde aquí se presentaría una falta de reconocimiento recíproco entre los participantes de una interacción, provocando así una postura de desigualdad. Esto se puede ver reflejado por ejemplo, en la falta de reconocimiento que sienten aquellas personas pertenecientes a grupos infravalorados por la cultura dominante, lo que provocaría distorsión del sentido de sí mismo.

Una de las formas de no reconocimiento se daría por la desigualdad en la distribución de recursos donde se ignora que los ingresos del país son tremendamente dispares y se intenta desviar el problema ayudando a quienes poseen menos recursos. Otro problema de falta de reconocimiento se daría con respecto a la identidad, donde se intenta reconocer, de manera institucionalizada, a todas las personas en un mismo grupo, pasando por alto sus diferencias.

Desde aquí, Fraser (2000) postula que el problema de la falta de reconocimiento recíproco entre los individuos se daría por una cuestión de status social del grupo al cual pertenece el ciudadano. En este caso, se daría una relación institucionalizada de subordinación social del grupo al cual se pertenece por poseer un status que se piensa como inferior, y por esto se le niega la posibilidad de actuar como un igual en la vida social. De este modo, no ser reconocido no es sólo ser considerado como alguien criticable, despreciable o ser infravalorado a través de las actitudes, creencias o representaciones de otros, sino que es, no reconocer “el status de participante de pleno derecho en la interacción social como una consecuencia de los modelos de valor cultural institucionalizados que construyen a una persona como comparativamente indigna de respeto o estima.” (Fraser, año, p. 61-62). Además de esto, la falta de reconocimiento según el modelo de status sería perpetrada por los modelos institucionalizados que regulan las normas de interacción entre los individuos y que por tanto, impiden la igualdad. Es aquí donde se estigmatiza a ciertos grupos con categorías de inferioridad, privándolos de ciertos derechos o prácticas y por consiguiente, impidiéndoles vivir en igualdad con otros ciudadanos valorizados como “normales”.

A partir de lo anteriormente expuesto es que podemos identificar a los datos presentados a continuación dentro de un contexto de desigualdad social, donde se encuentra de manera explícita la discriminación y la exclusión social por falta de reconocimiento social debido a una valoración institucionalizada que relaciona status con grupos sociales.

Diario 30: Categoría culturaPublicado: 14 noviembre, 2011

“De acuerdo a estudios de Gemines-U. Finis Terrae, un 75% de encuestados cree que Chile es un país con muchos prejuicios y tabúes y otro 70% mira en menos a los inmigrantes latinoamericanos. Otras encuestas de Chile 21 señalan que un 94% de los chilenos piensa que los homosexuales y lesbianas son discriminados, y un 42,7% que los pueblos indígenas son el grupo que sufre mayor discriminación. UNICEF reporta informe donde un 50% de los niños dice haber sido aislado por ser diferente al resto. En mismo estudio, un 88% de niños y adolescentes señala que quienes sufren más bromas por parte de sus compañeros son quienes tienen un problema o defecto físico o rasgos indígenas[1].” (referencia noticia).

Otro síntoma de discriminación está dado por nivel de segregación social en los colegios (medido por índice Duncan en una escala de 0 a 1, donde 1 es grado mayor. En Chile índice de discriminación es de 0,68, mientras la media OCDE es de 0,46)[2]. Es decir, los estudiantes chilenos de diferentes niveles socio-económicos, no se encuentran, no conviven, no se conocen, al estar radicalmente separados por segmentación socio-residencial determinada por nivel de ingresos. Esta realidad se ha mantenido prácticamente inalterada desde 2000 hasta 2010. Si se revisan encuestas Casen, se verán que ingreso familiar de quintil más rico llega a ser 11,9 veces superior al de quintil pobre.

De acuerdo a Patricio Navia la combinación de una escasa movilidad social con desigualdad social contribuirían a crear una sociedad profundamente discriminatoria- clasista, donde “el origen familiar de las personas pesa mucho más que los méritos a la hora de determinar los ingresos y el estatus social. El tema del clasismo lo relaciono con la ausencia de meritocracia y la desigualdad” (2003:3)[3].

En resumen, muchos chilenos discriminan en el minuto que distinguen, excluyen, restringen y prefieren de acuerdo a la raza, color, sexo, idioma, origen nacional o social o posición económica. Más aún, tenemos un sistema social-educativo que en su estructura y dinámica interna perpetúa dicha discriminación. El resultado final es un “menoscabo del reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales de todas las personas” (Comité DD.HH. de Naciones Unidas[4]). Nuestra Constitución que en su artículo 1° señala que “las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos” y en el 19, inciso 2, asegura a todas las personas “la igualdad ante la ley y … que en Chile no hay personas ni grupos privilegiados”, pareciera un mero saludo a la bandera.

Pero más allá de la constatación recurrente y cierta de un espiral discriminatorio y manifestaciones de reproche airadas ante casos repudiables como el de Daniel Zamudio, ¿qué hacemos los chilenos en el día a día (todos, indistintamente de la realidad socio-económica particular), para terminar con dichas situaciones?

Poco y nada. La mayor de las veces hacemos un reduccionismo del concepto de discriminación y lo alojamos en un problema relacionado con las minorías. Sin embargo, somos incapaces o simplemente no queremos atacar la raíz misma de un modelo cultural discriminatorio. Esto es, una sociedad que se mueve por patrones de conducta individualistas transversales a todas las capas sociales.

Existe una necesidad de “girar sin reposo” para sobrevivir, un aislamiento autoinfligido producido por la quimera del consumo, que lo convierte todo, incluso las relaciones con los demás, en mercancía. Ya nunca, nada es suficiente (las necesidades son ilimitadas). En algunos pasa a ser más importante el microondas y la última TV plasma pagada en 20.000 cuotas, antes que la educación de los hijos. La autopercepción de estatus social se da por cuánto tengo.

Por tanto, las relaciones sociales se construyen sobre la base de la competencia. En las clases más populares el peruano inmigrante nos viene a quitar la pega y por tanto caemos en el reduccionismo de la desconfianza y el mote fácil del “cholo”. En la oficina cualquiera sea el escalafón, se práctica más el pelambre y la descalificación del par antes que una preocupación por el rendimiento individual. La mujer que asciende es porque se acostó con el jefe (no porque sea buena en lo que hace), y es tachada de puta. En barrios de clase media el pasaje enrejado, el muro con alambres de púa se instala como señal de distancia de los “rotos” y desconfianza ante la presencia “amenazante” de la población aledaña más humilde (de aquella condición que fuimos y ya no queremos más).

En este modelo, por tanto, la discriminación en la forma de clasismo o racismo, se da a todo nivel y no solo en los grupos más acomodados. Hay una predisposición natural a aceptar las desigualdades socioeconómicas en cuanto necesarias para el funcionamiento de la sociedad.

Bajo este contexto cultural, cualquier esfuerzo normativo por terminar con una discriminación resulta intrascendente. Incluso la reciente ley contra la discriminación que condena “toda distinción, exclusión o restricción que carezca de justificación razonable, efectuada por agentes del Estado o particulares, y que cause privación, perturbación o amenaza en el ejercicio legítimo de los derechos fundamentales establecidos en la Constitución Política de la República..”.

En conclusión, sino se hace una revisión particular de los valores a los que adherimos, la discriminación y sus diferentes expresiones seguirán siendo parte de un ethos chilensis (más allá de una serie de problemas estructurales que fomentan una desigualdad social)”.
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Referencias:
[1] UNICEF, Subsecretaría de Carabineros y Carabineros de Chile, (2008) No a la discriminación… por un trato igualitario, Publicaciones UNICEF, Santiago de Chile.
[2] Ver datos en: http://www.oecd.org/country/0,3731,en_33873108_39418658_1_1_1_1_1,00.html
[3] Navia, P. (2003). Seminario “¿Es Chile un país clasista?”. La desigualdad es antidemocrática. Necesidades de políticas públicas y gestos simbólicos (Pág. 3Santiago: Centro de Investigación Social (CIS), Un Techo para Chile.
[4] UNICEF, Subsecretaría de Carabineros y Carabineros de Chile, (2008) No a la discriminación… por un trato igualitario, Publicaciones UNICEF, Santiago de Chile.

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